A mediados de 1953 estuve algunas mañanas en la Casa Azul. Fue Frida quien me recibió cuando empecé un reportaje sobre Diego Rivera destinado al Noticiario Continental, rollo de 10 minutos que se exhibía en los cines de México.
“Diego no tarda en llegar”, me dijo Frida sin levantarse de su silla de ruedas. Frente a ella un cuadro sobre el que aplicaba mínimas pinceladas de color con alguno de los largos pinceles desplegados como abanico entre los dedos de una mano cargada de anillos. “Fue por su sombrero”, me dijo Frida sin despegar la vista de la tela, concentrada en su labor. La trenza recogía el pelo en su nuca. Cuando entró Diego, Frida se puso de pie haciendo gran esfuerzo y lo recibió con ternura delicada, casi maternal, inadecuada ante sus volúmenes: el de ella leve, el de él rotundo. Lo besó en la frente y pensé en el sapo, como lo llamaba María Félix, se convertiría en príncipe. Correspondió el pintor al cariño también con suavidad, ambos tomándose su tiempo. “ Vámonos”, me dijo Diego. “ Los espero a comer”, nos dijo Frida. El reportaje lo hicimos en dos lugares donde Diego realizaba obras distintas. En uno, la fuente de Lerma en Chapultepec, era pintor. En otro, el Anahuacalli al sur de la ciudad, era arquitecto. Diego y yo bajamos de una destartalada camioneta en la fuente, mientras su hija Lupe (¿o era Ruth?) se despedía: “Volveré por ustedes antes de comer”.
El Diego real era lo opuesto al Diego satanizado por comunista, antropófago confeso, autor de declaraciones lapidarias. Era el suave compañero parisino de Picasso y Modigliani, el personaje principal de la novela Julio Jurenito de Ilya Ehremburg, el centro de todas las miradas en la embajada soviética cada aniversario de la Revolución de Octubre.
“El agua arrastra mucha arena y materias químicas. No hay pintura resistente al golpe y paso del agua. Yo inventé una fórmula y mi trabajo aquí no sufrirá deterioro durante muchas décadas”. Algo le falló a Diego porque antes de un año hubo necesidad de desviar la corriente. Regresamos a la casa. Alcé la vista al techo de la cochera para comprobar que la hoz y el martillo seguían ahí. Frida nos esperaba a la mesa de su silla de ruedas. Ocuparíamos los mismos sitios los días siguientes. Frida me pareció más delgada, menuda. Cambiaba sus vestidos y sus alhajas, por la casa corrían los escuincles sobrevivientes de la Conquista, perros negros, pelones, chaparros, gordos, de tan alta temperatura que los aztecas usaban para calentarse los pies, pero ahora ellos corrían entre los nuestros y los de judas y esqueletos de cartón.
En esa época Frida no disfrutaba el prestigio de gran pintora, ni mucho menos de autora de obras maestras. Aunque estudió pintura antes de conocer a Diego, su mérito se atribuía más a ser su esposa que a talento propio. Algunos dudaban que lo tuviera y otros, contra la corriente que ha hecho de Frida la pintora más famosa del mundo, lo siguen dudando. Ese mismo año de mi reportaje abrió una exposición en la Galería Arte Contemporáneo, la única muestra individual en México mientras ella vivía.
Al día siguiente la escena se repitió. Diego: pantalón de mezclilla azul, camisa a cuadros rojos y marrones, sombrero de palma con ramas verdes y frescas, “para protegerme del sol, así lo hacen los indios de quienes todavía tenemos mucho que aprender”. Un ancho cinturón de hebilla tosca sobre su barriga, zapatones mineros, ojos saltones y lacrimosos, manos pequeñas para ese cuerpo. La cara de Frida irradiaba dicha. Se puso de pie, más podía el amor que la invalidez y el periodista era testigo único de las tiernas frases y suaves caricias como si Diego fuera un niño frágil y ella una madre recia.
“Aquí en este lugar quiero que me entierren”, señalaba Diego en un rincón del Anahuacalli. La construcción de piedra volcánica evocadora de una pirámide estaba a medias. Nunca la vio terminada. Diego trazaba figuras en la tierra y daba instrucciones. “Con este maestro y cuatro albañiles lo hemos hecho todo. En el interior no hay sombras, gracias a un sistema de celosías de piedra descubierto por los aztecas. Los arquitectos mexicanos no lo usan porque copian a Le Corbusier y otros extranjeros, en lugar de aprovechar lo bueno que hay en México. He construido esta Casa de Anáhuac para colocar mi colección de figuras precortesianas, que usted vio en Coyoacán. No quiero que vaya a caer en manos de alguno de nuestros museógrafos y la coloque como cajas en una zapatería. Por eso construyo esto”.
Pero antes de dejar el Anahuacalli, Diego se detuvo y repitió: “Sí, amigo, esto lo hago también para que aquí me entierren, en este lugar. He dispuesto que así se haga”. Y el Anahuacalli está terminado y abierto. Pero Diego no está allí.
Si Frida viviera gozaría un regalo no soñado en aquella semana de visitas a su casa: su fama es hoy mayor que la de Diego y sus cuadros se cotizan en el mercado muy por encima que los de él. Sobre ella se siguen escribiendo libros, representando obras teatrales, filmando películas y montado exposiciones como la de Bellas Artes y la de la Casa Azul. Único caso en la historia en que una mujer tiene exposiciones simultáneas de sus obras en dos recintos del máximo nivel.
Conocí a quienes la entendieron como nadie y fueron decisivos en su vida trágica: Alejandro Gómez Arias su novio en la Escuela Nacional Preparatoria y Lola Olmedo, recaudadora y vigilante de cada objeto que pudiera recordar a su amiga. Vivieron su época. Le dieron lo que más quería: amor.
Hoy más de medio siglo después la veo reír y besar a Diego.
Texto: Jacobo Zabludovsky